Escuela, secundario, universidad, trabajo, pareja e hijos. Así nos dijeron que tenía que ser.
El sistema nos inculcó que tenemos un patrón que seguir: una lista de quehaceres que debemos ir tachando —todo con un deadline incluido.
Nos enseñaron que debíamos cumplir con nuestros deberes en la escuela, aprobar todas las materias en la secundaria, elegir qué queríamos hacer por el resto de nuestras vidas a los 17 años, para luego entrar a la universidad y prepararnos para trabajar en esa área que elegimos de pequeños.
Y al mismo tiempo debíamos encontrar el amor, planificarnos a futuro y construir una familia mientras trabajamos por nuestro éxito.
Y todavía no mencionamos la aparición de internet, las redes sociales, los influencers y los estándares de belleza y salud que debíamos cumplir.
Una bomba de tiempo que seguro en algún momento iba a explotar. Estaba en la tapa del libro, solo debíamos esperar. De una u otra forma, esto iba a bombardearnos en la cara.
Imposible no ser la generación de la ansiedad. A algunos les tocó ser la generación del deber, como los baby boomers; la generación del algoritmo, la actual generación Alpha; o la generación del desencanto, como los millennials.
A la generación Z le tocó ser la de la ansiedad. Nunca conocieron un mundo sin pantallas. Se formaron entre notificaciones, crisis climáticas y sobreinformación. Buscan autenticidad, pero sienten que todo es una performance. Viven con la constante presión de que deben cumplir los estándares que los estimulan constantemente a través de una pantalla.
Viven en un estímulo constante. Historias, posts, mensajes, reels, mails, notificaciones, productos, idealizaciones estéticas. Están en un scroll que tiene tan solo tres segundos para llamar la atención. Todo pide atención y promete hacerles sentir algo, aunque sea por un instante.
Crecen con la idea de que si no hacen algo ya, se pierde la oportunidad y se quedan atrás. Y sin verlo venir, la comparación se volvió parte del día a día. Son presionados a llegar, aunque no sepan adónde van. A tener el cuerpazo ideal, a ser excelentes profesionales, a tener éxito en el trabajo, a vivir una gran historia de amor, como de un cuento de hadas. El sentimiento de tener que mostrar que están bien, que son productivos, creativos y felices flota a su alrededor.
Inevitablemente, eso pasa factura. Están cansados, frustrados y extremadamente saturados. De alguna forma eso tiene que salir del cuerpo, y cuando no lo reconocemos, sale solo. Así llega la ansiedad. Esa sensación de agobio, presión en el pecho, hormigas que caminan por el interior de las manos. Necesidad de salir corriendo, nudo en la garganta, incomodidad, ganas de llorar. Un sinfín de sensaciones que nos transmiten que no estamos bien.
Saturados de estímulos, de exigencias, de esa necesidad constante de ser vistos. Rodeados de objetos que prometen calma, pero aumentan esa ansiedad. Cada vez que sale un “me lo merezco”, “Dios proveerá”, “para eso trabajo”, están tapando un “no doy más”.
Quizás por eso la ansiedad no es solo un síntoma de esta generación: es su idioma.
Pero también puede ser su forma de pedir pausa. De entender que pueden frenar y reinventarse. Que existe la oportunidad de ser diferente, de cambiar su presente a los 20, o a los 50.
Solo hay que respirar, analizar y actuar.


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