Al fusionar lluvia y un descampado, inevitablemente imaginamos enormes charcos de barro. Multitud de gente aglomerada, intentando evitar esos espacios llenos de tierra mojada. Aunque están los más atrevidos, que se divierten saltando sobre ellos.
Ese momento en que las piernas hacen contacto con el agua y salpican barro para todos lados. Incontables manchas aparecen en las míticas botas altas de lluvia: esas que siempre cubren y protegen de no terminar completamente embarrados.
Negras, verdes, azules o en diversos colores brillantes. Combinadas con denim shorts y tops o remeras estampadas. Algunas piernas resaltan con medias largas que sobresalen por la caña alta, o se combinan con pantalones cargo por dentro. Un emblema que no solo cuida, sino que destaca y se convierte en un fashion statement.
Diseñadas y construidas en tierras escocesas en 1856, gracias a la creatividad y el pensamiento ergonómico de Henry Lee Norris. La necesidad de los militares británicos en la Primera y Segunda Guerra Mundial lo llevó a crear una bota que sirviera para trabajar en el barro y protegiera los pies del frío, la lluvia y la tierra.
Rápidamente fueron adoptadas por los granjeros de la zona. Su versatilidad era lo que hombres y mujeres que trabajaban arando, con animales o en las tierras altas necesitaban. Permitían la comodidad y seguridad ideal para las largas jornadas laborales.
Un diseño práctico, sencillo y limpio. Perfecto para volver a la normalidad una vez terminada la jornada. Duraderas, las botas de caucho natural vulcanizado tenían la resistencia necesaria para que quienes las usaran no tuvieran que preocuparse por el camino ni pisar con precaución. Una bota impermeable, flexible y muy resistente al desgaste.
Descripciones que automáticamente nos llevan a pensar en pasto, tierra y lluvia. Pero muchos de nosotros evocamos, casi sin darnos cuenta, una imagen icónica en Glastonbury: top negro, micro short gris, un cinto negro acompañado de un bolso cruzado y unas Hunter altas del mismo color, en un recordado look de la modelo Kate Moss.
Solo su presencia era suficiente para que los paparazzi la buscaran e hicieran hasta lo imposible por conseguir una foto. Sin proponérselo, esa imagen provocó un increíble salto del barro al glamour festivalero: y de pronto, ya no eran solo los granjeros quienes deseaban tener unas Hunter.
La música y los artistas no son lo único que destaca en Glastonbury. Entre carpas y guitarras, hay un accesorio que se repite con obstinación, convirtiéndose en un infaltable de cualquier look: las botas Hunter. El estilo de la emblemática modelo y la necesidad de protegerse de la lluvia y el barro las transformaron en un símbolo del festival. Una pasarela improvisada para celebridades y partícipes del show.
La utilidad pasó a ser solo un complemento más de estas emblemáticas botas. Ahora son un ícono de la cultura pop. La clase rural británica dejó de ser el único público objetivo. El alcance inesperado que tuvo una foto de la modelo en el festival abrió las puertas a un mundo nuevo: ediciones especiales, colaboraciones, colores inéditos y nuevas prendas y accesorios.
Las redes sociales, una artista o celebrity con millones de seguidores y el interés del público pop tienen el poder de reinventar un producto y reivindicarlo culturalmente. La masividad que los acompaña abre el camino a una marca. Un accesorio que nació con un fin ergonómico y utilitario terminó convertido en pieza clave de cualquier look.
Un calzado de granjeros y soldados transformado en el uniforme del glamour festivalero. Del barro al mito.
Las Hunter ya no son solo botas de lluvia: son el recordatorio de que incluso entre el lodo puede nacer un ícono de estilo.


Deja un comentario