Olores, multitud de gente, empujones. Muchas voces hablando a la vez, todas de diferentes cosas. Personas vestidas muy simples, otras muy extravagantes. Algunas llevan un bolso pequeño, otras parecen estar en plena mudanza. Muchos estilos que observar. Podrían hasta clasificarse y hacer clasificaciones dentro de esas clasificaciones. Pero, aunque los clasifiques, están en el único lugar en el que todos estamos por la misma razón. Todos tenemos el mismo fin en común: llegar a nuestro destino.
Nos puede gustar más o menos. Podemos disfrutarlo más o menos. Podemos odiarlo más o menos. Podemos evitarlo más o menos. Pero todos lo necesitamos. Ese rectángulo gigante que se mueve por debajo de la ciudad. Atravesando edificios, casas, calles, puentes y un sinfín de cosas que, si las pensamos más de la cuenta, sería inhumano.
Un lugar donde los opuestos conviven. Un lugar que tiene mucha luminosidad pero, a la misma vez, mucha oscuridad. Mucho calor, pero aire fresco artificial. Mucha capacidad, pero sobrepasa tanto sus límites que, a veces, esa capacidad es diminuta. Un lugar que alberga miles de pensamientos e historias, de las cuales solo él podría hablar.
Cuántas historias de amor habrán surgido ahí, cuántas amistades habrán nacido, cuántas familias habrán compartido y cuántos viejos amigos se habrán vuelto a ver después de miles de años. Pero, a la misma vez, cuántas peleas de amigos presenció, cuántos desamores, cuántas discusiones familiares y cuántos retos de padres guarda en su memoria. El único lugar donde los opuestos conviven en armonía —o en la mayor armonía posible.
Recuerdo cómo dos amigas se abrazaban con mucha efusividad después de mirarse y repetir el nombre de la otra. Cómo unos chicos se miraban intensamente, siempre tratando de disimular cuando sus ojos coincidían, pero eso solo provocaba sonrisas y que sus mejillas se prendieran fuego. Cómo una chica leía un libro con mucha efusividad y trataba de esconder sus lágrimas cuando este la emocionaba. Cómo los niños pequeños miran todo con asombro y, cuando su mirada cruza con la mía, me sonríen y mueven su mano. Acto que siempre me hace sonreír y devolver el saludo.
Podría seguir horas recordando momentos lindos —y no tan lindos— pero no me darían las horas del día para contarlos. Cada tanto me gusta pensar en la magia que tienen las cosas más cotidianas de nuestra vida. A veces me pongo a mirar a las personas a mi alrededor y me creo historias sobre sus vidas, les creo personalidades basándome en su estilo al vestir, me imagino qué hicieron en la mañana y qué van a hacer cuando lleguen a su destino. Claramente, se debe a que me gusta escribir y crear historias ficticias; lo hago en cada momento de mi vida.
Es muy loco pensar que en cuatro paredes de metal pueda llegar a pasar tanto. Y, a la vez, cómo ni siquiera prestamos atención a algo tan mágico. Solo lo tomamos como lo que es: un espacio que nos transporta a nuestro destino. Pero, ¿qué pasaría si empezáramos a mirarlo con otros ojos? Yo creo que las historias más locas y profundas podrían ser reveladas… y quizás, solo quizás, aprendamos a mirar con más emoción lo que hoy solo llamamos rutina


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