MANCHA DE CAFÉ

No quiero abrir los ojos. Me tapo entera con el acolchado y escondo mi cara en la almohada, ocultando un pequeño grito de frustración. Es la cuarta vez que suena la alarma, y yo no hago otra cosa que apagarla. Es hora de levantarse. De salir de la comodidad y tranquilidad de mi cama y afrontar la realidad.

Soltando otro pequeño gemido, enojada, me paro. Sin ver nada, y como un auténtico zombi, agarro mi toalla y me voy al baño. Prendo la ducha y dejo que el agua corra mientras me deshago del pijama. Bueno, de la enorme camiseta que uso como uno y de la tanga. Regulo el agua y, cuando estoy conforme, me dejo envolver por ella. No sin antes darle play a mi playlist para el baño. Sí, tengo una playlist para bañarme. Todo el mundo debería tener una.

Me lavo el pelo y me enjabono. Dejo que el agua me ayude a despertar. Pero nunca logra sacarme la pereza.

Una vez conforme, apago el agua y me seco dentro de la ducha. Todo sea para intentar no tener que secar el piso (nunca funciona, siempre se moja aunque sea un poco). Me miro al espejo. Mi cara de dormida habla por sí sola: las ojeras negras y los restos de marcas de la almohada están ahí, diciéndome que no debo quedarme despierta hasta las cinco de la mañana leyendo. Pero bueno, el libro estaba muy bueno y la tensión entre los personajes era muy intensa. No podía dejarlo.

Me lavo la cara con mi jabón especial. El puto jabón que me cuesta 20 euros, pero que me ayuda mucho con el acné. Si piensan que el acné desaparece después de los 16, están equivocados. Acá, con casi 27 años, y teniendo acné. Me cepillo los dientes con la pasta especial para encías y me voy a mi habitación.

¡Qué cheta sueno cuando digo estas cosas! Pero bueno, una tiene que cuidarse.

Mi habitación, un caos: cajas por todos lados, un colchón en el piso y pura mierda esparcida por todas partes. No, no me mudé, solo se rompió mi cama y al fin me digné a comprarme una. Pero aún no he tenido tiempo de armarla. No es por alardear, pero soy muy buena armando muebles.

Me visto simple: camiseta blanca y jean. Me hago una coleta y, luego de ponerme el sérum y la crema, me maquillo. Corrector, rubor y máscara de pestañas. Sencillo pero efectivo. Me pongo mis Adidas rosas, agarro mi bolso y salgo de casa. No sin antes revisar ochenta veces que estén todas las ventanas cerradas, la cocina apagada y que no haya ningún electrodoméstico prendido.

Muero de hambre, así que antes de ir al metro me dirijo a mi cafetería de confianza. Como siempre, pido un bocadillo de tortilla (quién diría que esto se volvería una gran adicción) y un café con leche de avena. Miro las cosas dulces y, aunque sé que no debo, termino pidiendo un croissant de chocolate blanco. A la mierda la dieta y el querer ser fit: ¡vivan las cosas dulces!

Una vez pago y le dejo propina a la chica que me atendió (dejen propina siempre, malditos ratas), me voy al metro. Y, aunque sé que debería no comerlo, empiezo por el croissant. Qué cosa rica de la vida.

Llego al metro y el anuncio dice que en un minuto estará acá. Perfecto, no tengo que esperar demasiado. Me voy caminando hacia el fondo de la parada y, una vez termino el café, lo tiro en la basura. Y de repente me doy cuenta de eso que tanto estaba evitando y que pensé apenas salí de la cafetería: pasó. Me manché la remera blanca con café. Obvio que iba a pasar. Obvio que me iba a manchar. Mierda. La camiseta es blanca.

Con el bolso intento taparla y me siento a esperar. Lo cual no tiene mucho sentido porque el metro ya está entrando a la estación. Me paro y me adelanto a cualquiera que quiera pasar antes que yo. Una vez la luz se pone verde, presiono el botón y entro al metro, directo a agarrar el único asiento vacío que hay.

Intento tapar la mancha con el bolso, pero es inútil. El bolso se mueve, yo también, y lo que estoy intentando hacer no tiene ni un sentido. Así que me resigno y agarro mi teléfono. Entro a mi aplicación de journaling y escupo la mierda que fue mi mañana.

Esto fue motivado porque, mirando a las personas en el metro, me puse a pensar si alguno/a de ellos/as habrá tenido una mañana peor que la mía. Empezando porque mi mañana arrancó a eso de las doce del mediodía porque me quedé dormida. Eso ya es muestra suficiente de que fue horrible.

Miro a la señora que está sentada enfrente mío y me imagino que se levantó a eso de las 8 a. m., desayunó huevos revueltos y salió a caminar con su perra por el parque. Volvió a su casa después de dos horas de paseo, se bañó, almorzó una ensalada de quinoa con espinaca y tomate, y preparó su bolso para salir a hacer compras. Obviamente lleva más cosas de las necesarias, como yo, que tengo un libro para leer durante el viaje en metro, pero hace más de una semana que no lo saco.

Me hubiera gustado seguir imaginando la mañana de esa señora tan tierna —probablemente jubilada— pero, entre imaginar boludeces y escribir esas boludeces, casi me paso la estación del metro donde tengo que bajarme.

Salgo del metro sin dejar de escribir en mi teléfono. ¿Qué importa estar atenta al resto del mundo? Si choco con alguien no va a ser mi culpa: yo soy una chica inspirada que necesita vomitar todo lo que está pensando en este texto. Además, capaz que choco con el futuro amor de mi vida, una nunca sabe. Aunque claramente sabemos que eso solo pasa en las novelas. O a mis amigas. No a mí. Yo solo soy la romántica que es buena escribiendo historias de amor y fanática empedernida de leer novelas románticas. No la que tiene y vive esas historias en la vida real.

Llego corriendo a mi trabajo, y bajo las escaleras rápido. Quiero llegar al vestuario y lavar mi camiseta. O, mejor dicho, intentar disimular lo más posible esa fea mancha de café. No importa que yo sea la única que la nota: no la quiero ahí.

Me cambio, me pongo el uniforme y me meto en el baño con la camiseta en la mano. Pongo un poco de jabón de manos sobre la mancha y empiezo a refregarla. Mojo un poco con agua y vuelvo a frotar. Saco los restos de jabón y escurro esa pequeña parte de la camiseta.

Bueno, no es perfecto, pero se disimula. Espero que se seque para cuando salga de mi turno. Dejo la camiseta dentro de mi locker y salgo corriendo a mi puesto de trabajo. Llegando tarde, digno final de una pésima mañana.

Espero que mañana esa mancha de café sea solo una anécdota, o al menos, la inspiración de este texto.

Una respuesta a “MANCHA DE CAFÉ”

  1. Avatar de Alejandra Cancela
    Alejandra Cancela

    Me encanta. Muchas palabras muy uruguayas!!!!! Orgullo total.

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